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Muy tarde en la noche de un miércoles de noviembre, la calle Balcarce parece desierta. Durante el día, esta calle de San Telmo, el barrio antiguo de Buenos Aires por excelencia, hubiera estado repleta de gente disfrutando la calidez de la primavera tardía. Pero ahora, los edificios de piedra y cemento lucen solitarios y amarillentos bajo los faroles de la calle. Incluso mi destino de aquella noche, un club llamado X Vos, parecía abandonado; sólo un par de muchachos que hacían tiempo en la vereda y fumaban un cigarrillo daba a entender que algo podía estar sucediendo en el interior.
A pesar de la soledad de la calle, del otro lado de las paredes de ladrillo del club se estaba desarrollando algo parecido a una batalla campal. Mientras DJ Villa Diamante pasaba hip-hop y reggeatón, débiles imágenes de video se proyectaban sobre una pared (alcancé a ver escenas de “2001 Odisea del espacio”) y alrededor de cien personas vestidas con jeans y remeras tomaban cerveza barata y whisky mientras se preparaban para la “cumbia experience”, una versión electrónica de un tipo de música muy popular en los barrios carenciados.
En poco tiempo empezó la verdadera fiesta, una performance semanal conocida como Zizek. Un muchacho de rastas sube al escenario y, sobre el ritmo “cha-cha-cha” de la cumbia, empieza a rapear en español, mientras a sus espaldas un chico de unos diez años rasguea prolijamente una guitarra tan larga como su propia altura. De pronto, un grandulón se apodera del micrófono y, cómo decirlo… grita y chilla durante varios minutos... el público se levanta eufóricamente cada vez que un cantante dice “cumbiaaa”… No por nada, Clarín, el diario con más ventas de Argentina , nominó a Zizek como una de las mejores fiestas del año. Para mí fue absolutamente increíble.
Pero Zizek, llamada así por el filósofo esloveno Slavoj Zizek, quien se casó con una joven modelo argentina y que alguna vez enseñó en la Universidad de Buenos Aires, fue simplemente el final de un muy cargado pero típico miércoles de la capital de Argentina.
A medianoche, había estado cenando ñoquis acompañados de manzana verde crocante junto a diseñadores y artistas en Casa Cruz, un restaurant ultra chic cuyo interior está revestido con caoba brillante. Pocas horas antes, había estado disfrutando de unos tragos alrededor de la piscina del Faena Hotel + Universe, diseñado por Philippe Starck. A la tarde la había pasado yendo de galería en galería; en el Museo de Arte Latinoamericano (Malba) tomé un expreso, también me encontré con el escritor Washington Cucurto, el equivalente Argentino a Dave Eggers, en el taller donde trasforma cartón usado en cubiertas pintadas a mano para los libros de su editorial independiente, Eloísa Cartonera. Y entre medio de tanto ir e venir, me hice tiempo para una breve siesta en el magnífico loft que había alquilado en el elegante barrio de la Recoleta.
Si todo esto suena agotador, realmente lo fue. Pero también fue excitante y accesible (gracias a los resabios que dejó la crisis económica que sufrió Argentina cinco años atrás). De hecho, la única dificultad que tuve fue decidir a cual de las decenas de eventos nocturnos renunciaría. Al final, no pude asistir a la fiesta de un amigo en El Diamante, un restaurant mexicano de tapas con cierto toque kitsch diseñado por el artista Sergio de Loof.
Tales son los desafíos que presenta la Buenos Aires actual a cualquiera que la visite: electro tango o muestras de arte, festivales de diseño o teatro independiente, un martini acompañado de una exquisita porción de carne asada o una simple cerveza en un barsucho de por ahí (seguido de una exquisita porción de carne asada). A pesar de todo, la noche argentina se extiende hasta el amanecer, así que suele haber tiempo para todo, si se tiene la energía, por supuesto.
De todas formas, cualquier decisión empieza con una elección fundamental: ¿en qué zona conviene hospedarse? Los turistas que buscan las últimas tendenciaspueden optar entre Puerto Madero y Palermo.
La zona de Puerto Madero, la cual se conecta con el centro por medio de cuatro puentes, fue alguna vez la terminal de cargas de la cuidad, donde solían arribar trenes del interior del país cargados de cereales, carne y vinos para exportar. Pero desde hace ya más de veinte años que comenzó el proyecto de renovación. En actualidad, las largas y anchas avenidas de Puerto Madero exhiben sólo restos del pasado industrial del lugar. La inmensas grúas que alguna vez cargaron contenedores en los barcos ahora se elevan como robots de animé sobre plazoletas muy bien cuidadas; rascacielos residenciales se alzan frente a paseos donde puestos de comida ofrecen sándwiches de churrasco asado por un dólar y medio; el cartel de una construcción ostenta el nombre del arquitecto César Pelli mientras Los Molinos, un antiguo granero, se renueva para albergar una futura galería de arte.
Puerto Madero es el hogar de muchos de los hoteles de más alto nivel: un Hilton, un Sofitel y el Faena Hotel + Universe (Alan Faena está detrás de la mayoría de los proyectos multimillonarios de Puerto Madero. Y, por si esto fuera poco, se asoció con Norman Foster para diseñar un nuevo edificio). Aunque alguna vez un depósito de ladrillos, el Faena es ahora uno de los hoteles más lujosos de la cuidad: sofás de cuero abotonado, adornos dorados, candelabros de cristal y el color rojo por todas partes: alfombras, cortinas, pantallas, copas de vino –hasta el flequillo alisado de la directora creativa del Faena, Ximena Caminos, está teñido de rojo carmesí.
Pero a pesar de tantos proyectos de renovación y de reconocidos arquitectos, Puerto Madero sigue estando bastante despoblado. Hay muy pocos transeúntes y no existe esa idea de barrio que en cualquier otro lugar genera grandes tiendas, atractivos cafés y restaurantes de primer nivel.
Quizás, cuando todas las construcciones se hayan terminado, incluida una importante renovación del área cercana al Puente de la Mujer, Puerto Madero logrará ser un barrio con identidad propia. Hasta entonces, los devotos del Faena seguramente tendrán que seguir pagando seis dólares de taxi cada vez que vayan hasta Palermo.
Sin lugar a dudas, Palermo es la zona más chic de Buenos Aires. Años atrás, fue un apacible barrio residencial cuyas angostas calles de adoquines circulaban entre árboles y casas bajas de estilo español. Sin embargo, a mediados de los años 90, artistas, diseñadores, arquitectos y productores de cine aprovecharon los precios accesibles e instalaron sus negocios allí, una tendencia que se incrementó rápidamente luego de la crisis económica de 2002. Hoy en día, es como si cada tienda albergara una antigua panadería, cada hotel una antigua casa residencial y cada galería de arte un antiguo taller mecánico. No hay escritor que pueda describir Palermo sin compararlo con el barrio de Soho, en Manhattan; o sin usar el adjetivo trendy (moderno, a la moda). (Hasta hay un blog: trendypalermoviejo.blogspot.com).
Palermo ostenta la mayor cantidad de hoteles-boutique de la cuidad, a los que se les suman un nuevo hotel por mes, como el Home Hotel, cuya decoración escandinava y conexiones para Ipods atrajeron a las mellizas Bush, quienes se hospedaron en una de sus 14 habitaciones y tres suites el pasado noviembre.
Pero yo no me hospedé en ninguno de estos lugares. En cambio, me dirigí a Apartmentsba.com, una inmobiliaria que cuenta con cientos de departamentos en todo Buenos Aires, y elegí un loft en un onceavo piso de la Recoleta, un elegante barrio que queda a mitad de camino entre Puerto Madero y Palermo. Por 600 dólares semanales, contaba con ventanales de cinco metros que se extendían hasta el cielo raso, una cama grande y confortable, Internet inalámbrica sin inconvenientes y hasta servicio de conserjería. Afuera, gloriosos departamentos de la belle époque resplandecían bajo el cálido sol; los jacarandaes se desparramaban por las avenidas y las fractálicas ramas regalaban flores color lavanda oscuro.
No demasiado cansado, poco después de desayunar un cortado con medialunas en el apacible café de enfrente (un café expreso con muy poca leche acompañado de un tipo de croissant argentino), me tomé un taxi hasta Palermo, donde un amigo me esperaba para degustar una brioche de chocolate en Mark’s. Luego, dimos un paseo por el barrio en busca de joyas arquitectónicas, como una mansión de 1877 con vitrales que se escondía en el fondo de un callejón y que supuestamente pertenecía a una famosa actriz de telenovelas. En el medio, me hice una escapada a El Borde, una galería en donde los misteriosos rieles y un carrito de trocha angosta que corrían por el interior casi me distrajeron de las suntuosas fotografías de los amigos del fotógrafo Arturo Aguilar (muy parecidas al estilo del cineasta de Hong Kong, Wong Kar-wai, aunque quizás esté pensando en su película sobre Buenos Aires, Happy Together).
Aunque Palermo pueda resultar muy comercializado –“sohozado” es el término que prefieren algunos- es fascinante notar cómo el barrio logró reinventarse a si mismo cinco años después de la crisis económica. Las vías de tren de El Borde, la palabra “panadería” tallada en una piedra sobre la ventada de la tienda fashion Emme, incluso la cálida y cerrada atmósfera dentro del desmoronado edificio del Nike Shop, detalles que conservan un pasado no muy lejano, demuestran que Palermo atravesó una transformación relativamente orgánica.
Sin embargo, esta metamorfosis tuvo sus consecuencias. Las propiedades dejaron de ser baratas, así que algunos artistas del lugar decidieron mudarse a otros barrios. Belleza y Felicidad, una galería ecléctica de arte que vende los libros pintados a mano de Eloísa Cartonera, se encuentra en Almagro, un barrio de clase media al sur de Palermo, cuyos precios aumentan a medida que se acerca a otros barrios como Boedo, hogar del teatro neorrealista de vanguardia, o a Once, donde el espacio de la Ciudad Cultural Konex presenta espectáculos épicos modernos.
Para llegar a Appetite, una galería vanguardista que me recomendaron mucho, tuve que volver a una de las cuadras menos atmosféricas de San Telmo. Con una tendencia al pop-punk, las paredes (y pisos) exhibían una profusión de estilos, desde los cuadros de idealizadas islas caribeñas de Ariel Cusnir hasta las ocurrentes pinturas de una violencia hermosa y casual de Anabella Papa (una pelea de estudiantes, un hombre atacado por un lobo). O una fila de bolsas plásticas de tiendas y una lata de pintura seca a medio derramarse sobre una mesa.
Recorrer los esquinas menos conocidas de la cuidad requiere un poquito de paciencia. Los taxis, que a primera vista parecen rápidos y baratos, son víctimas de repentinos embotellamientos. El subterráneo, tan eficiente en sacudir a la gente de un lugar para otro de la cuidad, es de poca ayuda cuando se quiere llegar a ciertas zonas de las afueras. Y caminar, que es una buena manera de apreciar la arquitectura y la agitada vida de las calles, suele ser agotador y produce muchos bostezos durante las fiestas que hay por la noche. Además, si no se maneja bien el español (como fue mi caso), alejarse del confort de Palermo puede ser un esfuerzo agotador.
De todos modos, la recompensa es grata y vale la pena el esfuerzo. En Appetite, me llevaron a un depósito a la vuelta de la esquina donde Ariel Cusnir y las artistas visuales de Maison Trash ensayaban una producción artística Ariel, que incluía arena, una palmera y una maqueta grande de un helicóptero. En Pan y Arte, un restaurant de Boedo, me di el lujo de probar especialidades típicas de Mendoza -empanadas de choclo, locro y un exquisito Malbec- en una salón lleno de actores y directores de cine. En aquellas dos oportunidades, sentí como si hubiera podido romper esa extraña barrera que existe entre turistas y locales.
Y lo más interesante fue que logré formarme una idea del tamaño y de los circuitos de la cuidad, que es mucho más que los pocos barrios que había visto en revistas de moda o en libros para turistas. Al poco tiempo, por ejemplo, fue sorprendente ver que la coreógrafa del ensordecedor show de tango aéreo del Centro Cultural Konex era la mujer del arquitecto encargado de transformar la oficina central de correos en un teatro.
Sin embargo, con quienquiera que me encontrara y donde sea que fuera, siempre volvía a Palermo sin sentir mucha nostalgia, donde me esperaba un whisky en Mundo Bizarro, un club al estilo Los Ángeles donde se puede cenar; u optaba por un ceviche tibio en el casi japonés bar Dominga. Y mis amigos también estaban allí, tomando Panteras Rosas bajo el arqueado cielo raso de madera de Bar 6, o quizá comiendo ensaladas tipo francesas en alguna de las mesitas rosas tipo picnic de Oui Oui. Incluso Zizek se mudó a Palermo: desde diciembre pasado, la fiesta se realiza en Niceto, uno de los clubes más famosos de la cuidad.
Siempre, de todos modos, llegaba un momento durante aquellas noches de Palermo donde me daba cuenta de que me había olvidado del recital de Juana Chang o de Código País, un festival de tendencias creativas que incluye Disc Jockeys, arte, cine, tecnología experimental y un tentador espacio erótico. Pero por suerte pronto recordaba que Buenos Aires siempre tiene una noche más.
Información turística
Galerías y museos
El Borde, Uriarte 1356; (54-11) 4777-4573; www.sitearte.com
Belleza y Felicidad, Acuña de Figueroa 900; (54-11) 4867-0073; www.bellezayfelicidad.com.ar
Appetite, Chacabuco 551; (54-9-11) 6112-9975; www.appetite.com.ar
Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, Av. Figueroa Alcorta 3415; (54-11) 4808-6500; www.malba.org.ar
Bares y restaurants
Casa Cruz, Uriarte 1658; (54-11) 4833-1112; www.casa-cruz.com
Cena para dos con vino incluido, 200 pesos
Mundo Bizarro, Serrano 1222; (54-11) 4773-1967
Dominga, Honduras 5618; (54-11) 4771-4443.
Cena para dos con vino incluido, 120 pesos.
Bar 6, Armenia 1676; (54-11) 4833-6807.
Oui Oui, Nicaragua 6068; (54-11) 4778-9614; www.ouioui.com.ar
Picada para dos, 40 pesos.
Pan y Arte, Boedo 878; (54-11) 4957-6702.
Cena para dos con vino incluido, 100 pesos.
El Diamante, Malabia 1688; (54-11) 4831-5735.
Cena para dos con vino incluido, 100 pesos.
Clubes
Niceto, Coronel Niceto Vega 5510; (54-11) 4779-9396; www.nicetoclub.com
Entrada: 25 pesos (Zizek 10 pesos).
X Vos, Balcarce 563;(54-11) 4342-0703; www.xvosbsas.com.ar
Entrada, de 35 a 50 pesos
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